Tener las cosas a mano no siempre es sinónimo de conocerlas a fondo. Ayer sábado nos encaminamos a un lugar cercano plagado de pinares e historia. El Monte Abantos guarda muchos tesoros por descubrir en el incipiente otoño, si bien es cierto que la mejor época del año sería la primavera. Nos encontramos nada más llegar a un conejito dándonos la bienvenida desde la cuneta. Conforme fuimos paseando cantidad de aves se dejaban ver y escuchar, pero la verdad es que para fotografiarlas resulta una tarea bastante complicada, ya que los huidizos pájaros se esconden la mar de bien en el arbolado. Vimos y oímos: rabilargo, carbonero común, pinzón vulgar, cuervo, buitre negro, buitre leonado, mito, petirrojo, arrendajo, gorrión, paloma torcaz y otros tantos habitantes alados. Las protagonistas del día fueron unas cuantas orugas (como seis o así) que se descolgaban con un hilillo de seda y subían y bajaban de las ramas de un fresno. Les pudimos hacer algunas fotos, aunque no tantas como nos hubiera gustado, pues se movían que daba gusto. Cuando ya nos volvimos a media mañana para casa ya soleaban algunas mariposas de las habituales. El pasto bastante seco nos acompañaba con plantas de todo tipo como tomillos, cantuesos, siemprevivas, encinas, fresnos y sobre todo pinos. Con el monasterio de fondo pusimos el broche a la espléndida jornada.
Nos hemos traído solamente un puñado de fotos, a ver si en otra ocasión el sitio se presta un poco más para llenar nuestros archivos con más imágenes.










