Desde este nuevo blog podréis conocer muchas cosas relacionadas con el Medio Ambiente: cómo caminar por la montaña, rutas de senderismo, curiosidades de flora y fauna, experiencias y anécdotas vividas... y un sinfín de ideas útiles que nos brinda cada día nuestra Naturaleza.
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martes, 15 de agosto de 2017

Al loro con Teodoro

Normalmente el color verde va asociado a ideas positivas, como la esperanza o la Naturaleza. ¿Entonces por qué si hablamos mal de alguien lo estamos poniendo verde? Podríamos pensar que el verde está asociado también a la envidia, pero el origen de la expresión "poner verde" no tiene que ver con este mal sentimiento.

Hay varias teorías acerca de este dicho. La primera de ellas afirma que en esta ocasión el color verde se identifica con el del moho que crece en los alimentos ya pasados, por lo que al hablar mal de alguien estaríamos poniéndolo tan feo como un trozo de pan o de fruta con moho. La segunda hipótesis hace referencia al color que adoptan los moratones con el tiempo, por lo que poner verde a alguien sería como haberle dado de palos provocando cardenales que se volverán verduzcos.

Una tercera posibilidad requiere algo de cambio de significado con el tiempo, pero menciona una anécdota bastante simpática, según la cual a la reina Isabel La Católica no le gustaba para nada el ajo en las comidas. Parece que en cierta ocasión le intentaron hacer pasar un plato con mucho ajo camuflado entre mucho perejil, a lo que la soberana observó: "Me han puesto verde, al muy villano".





miércoles, 11 de enero de 2017

¡¡ Os ponemos VERDES !!

Todavía falta un poco antes de que nuestros montes y praderas exhiban el mejor de los colores, ese verde lozano tan indicador de vida. Aun así, hemos querido poneros verdes por adelantado, con una selección de fotos que giran en torno a este color.

Para empezar, no podríamos tener a otro protagonista que ese pajarito de nombre verderón (Chloris chloris) cuyo plumaje, como el de tantas otras pequeñas aves, sirve para hacer ver a la pareja que tiene delante a todo un ejemplar en el mejor estado de salud. Y es que ¿quién no sería capaz de enamorarse de él a pesar de esa cara tan seriota?









No se sabe muy bien si el verde en los odonatos (libélulas y caballitos del diablo) tiene también esa función de cortejo. Lo que sí está claro es que ningún otro insecto consigue esos preciosos reflejos metálicos que estos inquietos animalitos exhiben. Aquí podéis ver a uno de ellos, posado, para más inri, sobre la verde fronde de un helecho.









No en todos los animales el verde es para exhibirlo. En muchos casos, la función es pasar desapercibido, ya que cuando vives cerca del suelo, los tonos verduscos te ayudan a confundirte con las hojas y las hierbas. Es el caso de este grupo de chinches verdes, con las que hace falta fijarse mucho para poder encontrarlas mientras se pasea por el campo.







Todo el mundo sabe que el verde está asociado a las hojas de las plantas, y en algunos casos incluso el tallo. Lo que es menos común es que las flores también sean verdes. ¿Acaso los pétalos coloridos no sirven para atraer a insectos polinizadores? El caso es que no todas las plantas recurren a ese truco. Esta euforbia (Euphorbia sp) por ejemplo, atrae mediante aromas específicos a insectos como escarabajos, moscas e incluso cucarachas (¡las mariposas ya tienen mucho trabajo con otras flores!).









Por último, el verde puede encontrarse en los lugares más insospechados ¿Os habéis fijados que existen moscas verdes? Aquí os mostramos un ejemplar de Lucilia caesar, un curioso díptero verde metálico que, aparte de frecuentar excrementos y animales muertos, de vez en cuando se deja caer por las flores de la hiedra.









Y si no os hemos puesto suficientemente verdes, estos son solo algunos ejemplos. Podéis salir al campo y encontrar muchos más. Y es que siempre...


¡¡ Verde que te quiero verde !!








jueves, 22 de agosto de 2013

Tras el incendio de Cebreros

Por mucho que nos informemos a través de diferentes medios de comunicación de cómo se suceden los acontecimientos después de un incendio, verlo sobre el terreno ofrece una imagen bien distinta, mucho más rica para tomar conciencia de las dimensiones de una catástrofe de esta índole. Llegar allí, otear los alrededores intentando imaginar lo que había antes y retornar al presente, transformando los verdes intensos de las copas de los árboles a un gris ya no cenizo sino mugriento, nos encoge la mirada, nos hace fruncir el ceño e incluso el alma se nos achica. Esas llamas incontrolables que arrasaron fulminantemente un paraje declarado como zona ZEPA y LIC dada su riqueza faunística, ahora es el eco de paisajes volátiles, que se esfuman a cada paso que vamos dando, deshaciéndose con solo rozarlos. El aire tizna nuestro paseo de un olor amargo que se cuela rápidamente y del que no nos podemos despojar. Tos tras tos nos vamos acostumbrando, aunque no es costumbre, sino que ya no somos capaces de sentir otro olor, solamente llega el del humo. Nunca hemos fumado, pero hoy es como si hubiésemos inhalado varias cajetillas juntas de tabaco celta puro, de ese que los personajes malotes de un libro de novela negra no sueltan bajo ningún concepto. En el rato que hemos dedicado a caminar por aquel lugar, hemos respirado una considerable dosis de dióxido de carbono, polvo y ceniza. Hoy más que nunca ya ni se nos pasa por la cabeza prender un cigarrillo.

El humo va y viene, pero misteriosamente, allí donde antes hubo vida y luego la muerte imperó, retorna ahora de nuevo la vida otra vez con fuerza plena. Hoy hemos estado en Cebreros, queríamos ver la zona con nuestros propios ojos. Pero si esperáis que esta crónica continúe con más de esta retahíla de penurias, estáis equivocados. Nos hemos vuelto con una sonrisa de oreja a oreja, con un canto de esperanza plena que, naciendo de la más absoluta de las desgracias, da alas a la Vida que resiste ante todos los embates que van surgiendo contra ella.

Nada más llegar, las chicharras batían sus alas estridulando una banda sonora mucho más auténtica y alegre que el ruido que provenía de la carretera cercana con motos que iban y venían. El río Sotillo, prácticamente seco, en su estío forzado iba dejando pequeños regatos donde alguna que otra mariposa puede beber, pequeños alevines van flotando juntos, o algunos zapateros cruzan su exigua orilla.

Allí, en ese sitio maldito, hemos oído y visto varios picos picapinos, carboneros, palomas torcaces e incluso han asomado un par de milanos reales y en una rama un águila calzada también ha alzado el vuelo. Ya con esto nos volvíamos bien contentos, pero no ha sido lo único y más impactante: un grupo de cuatro rayones andaba merodeando por el lugar en busca de comida y de un poco de agua, ajenos a nuestra presencia. ¡Qué bonitos, qué hermosura! Dóciles, caminaban despacito, quizás algo desorientados. Al principio ni nosotros ni ellos nos habíamos dado cuenta de que no estábamos solos, pero en el momento en que hemos cruzado nuestras miradas a tan solo unos dos metros, la complicidad ha envuelto ese instante. Nos observaban mientras rebuscaban con sus hocicos entre el pasto cenizo. Iban ellos cuatro solos sin su madre, posiblemente eran huérfanos. Y ahí seguían con ese trote ligero, con esos ojillos vivaces y simpáticos. La emoción que hemos sentido Dani y yo ha sido brutal, nos hemos quedado sin palabras, nuestros ojos también soltaban brillo. Al poco de haberlos visto bien, sin inmiscuirnos en su afanosa tarea, salieron corriendo por la loma arriba. Con los animales salvajes jovencitos es mejor que no se acostumbren al ser humano. Nosotros no les hemos ofrecido ningún alimento.

Cuando nos marchamos, ellos, testigos de otra oportunidad para aquel lugar, rayaron con su inocencia la poderosa capacidad regeneradora de la Naturaleza frente a la inconsciencia inexplicable del hombre. Ojalá que tengan mucha suerte. Las sonrisas se pintaban solas, todo un regalo.

Os dejamos con las imágenes, sin comentarios ni más explicaciones.

Las fotos nunca son comparables a estar ahí y verlo con los propios ojos... Esperamos que os gusten.